jueves, 14 de junio de 2012

Cosas que pasan


                                                                                                    Cosas que pasan


Caía el atardecer sobre aquella magnífica playa. Poco a poco el sol iba cayendo hacia el horizonte marino resaltando sombras violáceas y aguas plateadas. El mar estaba en perfecta calma y las olas se dedicaban a acariciar suavemente las blancas arenas. Mientras admiraban la puesta de sol, caminaban con las manos enlazadas. Las huellas de los pies descalzos dejaban una ligera marca que el agua se encargaba de borrar. Algunos pájaros marinos, revoloteaban en su proximidad. No estaban más que ellos en aquél idílico lugar. Se sentían felices y contentos después de una jornada maravillosa. Acomodaban su paso cadencioso, mirando unas veces al sol yaciente, otras  sus ojos cargados de pasión. En ese embelesamiento, él no llegó a observar un ligero movimiento del pié izquierdo de su enamorada, cargando el peso del cuerpo sobre el lateral del pie, ayudado por un desplazamiento de la rodilla en el mismo sentido.  Es más, si lo hubiera apreciado, habría posiblemente pensado que intentaba evitaba alguna coquilla escondida en la arena. Lucían una maravillosa sonrisa de enamorados. De pronto se escuchó un sonido hueco, profundo, se podría decir que redondo. Ninguno de los dos se inmutó, por un momento rehusaron una mirada, ¿Puede que por temor?  Tan solo fueron unos segundos  de impavidez… Se le cayó –pensó el- con intento no cumplido de mirar hacia sus talones por si lo encontraba. Se escapó- pensó ella-  mientras disimuladamente intentaba caminar un poco más ligera. Se miraron tiernamente después de unos segundos. Había amor en sus ojos …y el sol terminaba de esconderse en el horizonte…


Era noche cerrada, hacía tiempo ya que se habían acostado. Después de calentar la cama con sus cuerpos y haberse dado un par de “achuchones”, ella se giró hacia el lado izquierdo de la cama, y después de desearla buenas noches, él también lo hizo  del derecho. No podía dormir si no lo hacía  sobre el lado derecho, pues decía que sobre el izquierdo, escuchaba los latidos de su propio corazón y eso le ponía nervioso o al menos así lo creí él. De pronto un sonido hueco, grueso y rompiente  con un punto sutil de trompetilla le despertó.  Abrió los ojos sin moverse paralizado de pavor. Estaba asustado. ¡Había sido él! ¡Puede que la hubiera dado en la espalda o en pleno vientre!. ¡Puede que la hubiera despertado!. No se atrevió a moverse, evaluó despacio la situación.  Silencio total… No se escuchaba nada, pero no tenía valor  para moverse así que decidió fingir una respiración un poco más rítmica, más fuerte,  intentando  parecer dormido. Disimuladamente subió un poco el embozo del edredón. ¡Nada!: de ese lado no había peligro, así que más tranquilo, fue recuperando la calma hasta quedar de nuevo  dormido…



Estaban acostados, veían quien sabe qué en la televisión cuando, escuchó la risa cantarina de ella ante una situación cómica que se desarrollaba en la pantalla. Era una de esas escenas típicas de enredo de personas que entran y salen de la misma habitación por puertas diferentes y que tan propicias son a la hilaridad.  Ante la risa de ella, giró la cabeza y la besó. Fue un beso dulce inmediatamente respondido en un acto reflejo del amor que se tenían. Se besaron las bocas, los ojos, el cuello, de nuevo las bocas… Se buscaron con pasión y poco a poco se fueron enredando en un hacer amoroso donde manos y cuerpo se confundían en un deseo que empezaba a ser descontrolado, Ella se quitó el ligero camisón y la chaqueta de él saltó por los aires. Besos, risas, caricias, Él estaba sobre ella sintiendo el contacto suave de sus pieles, la caricia de sus cuerpos, de sus sexos. Ella abrió las piernas esperándole, el se introdujo en ella. Ella subió las rodillas en dirección a su frente facilitando de esta forma un mayor contacto y en ese momento, según subía sus rodillas, se escucho un ruido hueco, profundo, revelador, un señor ruido en toda su majestuosidad… El quedó sorprendido, fue un segundo, puede que menos y se dijo- ¡que caramba, estas cosas pasan!- Pero ya no fue todo igual, algo había cambiado y otras veces, en una situación parecida, seguro que el temor a ser sorprendidos les cruzó por la mente y en su fuero interno  escuchaba una vocecita que decía..-¡Esta vez no! 

© Rafael Serrano Ruiz

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