viernes, 11 de marzo de 2011

La Batalla



                                                     La batalla



Miro las luces del techo, los ojos las siguen en una carrera loca, no pueden parar. Me asusto, tengo que cerrar los ojos, la cabeza no deja de dar vueltas. Me aferro al sofá,  clavo los dedos en él como mi último asidero mientras   intento reducirme para ocupar la mínima cantidad de espacio posible.  Ignoraba que un  tal problema comportase semejante pánico. Puede hacer que se tambaleen los juicios de valor y en consecuencia el amor propio o la valentía que están ligados a ellos. Poco a poco voy tomando posesión de mis sentidos. La desagradable sensación ha pasado, pero ahora siento una desconfianza total sobre mí, mis sentidos y sus respuestas.  Pasa un tiempo que se alarga en sí mismo. Estoy completamente inmóvil. Me animo a  mí mismo. Ya ha pasado todo- me digo-. Me siento preocupado pero bien, hasta podría susurrar una canción, cosa que por supuesto no me apetece hacer lo más mínimo, así que echándole valor, me decido a abrir los ojos nuevamente. Siento cierto temor, pero después de un momento comienzo a abrirlos… Nada, no pasa nada. Voy tomando confianza… Busco de nuevo las luces del techo con la mirada. Están fijas, quietas, como siempre, como ha de ser y entonces, intento mirar más allá y de nuevo comienzan a tomar velocidad siguiendo el camino que transitan mis ojos al desplazarse en la orbita que forman entre los parpados superior e inferior…!Alto! - me digo- Y de nuevo he de cerrar los ojos si no quiero caer al abismo de la nada. Tomo conciencia del suceso, empiezo a analizarlo como un fenómeno que ha de tener una explicación. ¿Hasta qué punto puedo mantener el control sobre mi mismo? Aparte de sentirme hecho un asco, si tengo los ojos cerrados la cosa va bien. Si los tengo abiertos, pero fija la mirada al frente, bien, pero si los muevo lo más mínimo o si hago el más mínimo movimiento con la cabeza… Entonces parece que todo toma vida propia girando en mi alrededor como si fuera el centro de una   inmensa galaxia. No puedo permanecer impasible ante el fenómeno y poco a poco, tomando un tiempo que puede parecer eterno, abro y cierro los ojos. Muevo, con toda la calma del mundo, ligeramente la cabeza en uno y otro sentido, combino los dos ejercicios en un loco intento  de controlar este caos que me invade y tomar un  dominio, al menos relativo, sobre mi maltrecho organismo. Creo que estoy ganando la batalla. Una vez leí que cuando una persona quiere alcanzar algo, piensa de manera espontánea en tres cosa: ¿qué he conseguido hasta el momento? ¿En que posición me encuentro? ¿Qué debo de hacer?  Si no se pueden contestar estas tres  preguntas, sólo  queda el miedo, la falta de confianza en si mismo y el cansancio. Y en esa situación me encontraba yo.  Empiezo a sentirme enormemente cansado. No me apetece moverme lo más mínimo, claro que tampoco lo haría por temor a perder de nuevo el sentido estático de las cosas, así que decido descansar un momento. Cierro los ojos con ese objetivo: descansar. No sé cuanto tiempo llevo así, he de hacer algo, no puedo pasarme la vida tumbado sin moverme. Tengo sed, creo que tengo sed. Sobre la mesa, frente al sofá, hay un vaso con agua. Tendría que beber un poco. El espacio hasta el vaso, apenas  a diez centímetros del brazo estirado, me parece interminable, y el esfuerzo para su aproximación: enorme. No me siento capaz de realizar tanto esfuerzo. Me jaleo, intento insuflarme todo el valor del mundo y … Muy despacio...Analizando detenidamente lo que va sucediendo, como un bebé en sus primeros pasos,  mi brazo, y yo con él, va avanzando hasta alcanzarlo y acercarlo a mi boca. Siento cómo el agua fresca desciende por mi garganta. He tomado sólo un buche, pues ignoro qué puede suceder, si es que sucede algo. El hecho, lo considero como una gran victoria, así que animado, extiendo nuevamente el brazo hasta alcanzar el móvil. ¡Bip! ¡Bip! ¡Bip! Buenos días. Podría decirle al doctor…



Rafael Serrano Ruiz

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